top of page

«La vecina cotilla»: elogio del visillo y del vecino de enfrente

mikesaintlouis5
3 days ago
3 min read


Confieso una cosa que la canción ya confiesa por mí: me he convertido en la vecina cotilla. Ese personaje eterno de la comedia española, la que vigila detrás del visillo y sabe a qué hora sale cada uno, resulta que vive dentro de mí. Solo que yo no vigilo por chismorreo. Vigilo porque el de enfrente está tremendo.

Soy Mike Sain't Louis, hago canciones en Madrid y las coloco todas en un planeta inventado que se llama Gayfolk. «LA VECINA COTILLA» es la pista 14 de Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk, el primer disco de la trilogía, y es probablemente una de las más divertidas del catálogo.

El visillo como institución

Todos conocemos a la vecina cotilla. Ha salido en mil series, en sainetes y en chistes de ascensor. Suele ser señora, suele llevar bata de flores y suele enterarse de todo antes que nadie. A mí me hacía mucha gracia apropiarme de ella, ponerla en la voz de un hombre gay y cambiarle la motivación. Ya no le interesa quién discute ni quién debe el alquiler. Le interesa un vecino concreto, sus shorts cortitos y su manera de asomarse a la ventana.

Eso es camp en estado puro: coger un personaje que el humor popular usaba para burlarse de las mujeres mayores y convertirlo en un espejo cariñoso del deseo propio. Me río de mí, pero con ternura.

Deseo de andar por casa

La letra es directa y sin vergüenza. El vecino hace deporte, se pone el pijama, va tatuado. El deseo aquí no se esconde ni pide perdón. Es un deseo doméstico, de sofá y persiana, más divertido que dramático.

Me interesa mucho ese tono. En la cultura LGTBI hemos tenido que esconder durante tanto tiempo lo que nos gustaba que reírnos de nuestras ganas a plena luz tiene algo de pequeña conquista. No hay culpa, no hay conflicto moral, no hay castigo final. Hay un tío que gusta mucho y una canción para imaginar que bailamos despacito.

El estribillo insiste en que estas cosas solo las haría una chiquilla. El protagonista se ve a sí mismo y no da crédito: un adulto pegado a la ventana como un adolescente con su primer flechazo. Ya no sale de casa por si se lo pierde. Es exageración, pero también retrata algo real del enamoramiento, que nos vuelve un poco tontos y bastante transparentes.

Las diez en el reloj de pared

En mitad de tanta guasa, la canción cambia de luz. Hay un tramo en el que el protagonista está sentado escuchando el din don de un reloj de pared que le regaló el padre de su ex. Espera, como un niño pequeño, a que den las diez para volver a ver al vecino.

Para mí ese detalle es el corazón escondido de la canción. Un objeto heredado de una historia anterior marca las horas de la nueva obsesión. El pasado sigue colgado en la pared, haciendo tictac, mientras el presente se asoma a la ventana de enfrente. Nadie lo subraya, pero ahí está la soledad que hay detrás de tanto cotilleo. Uno no mira tanto por la ventana cuando está muy acompañado.

Luego vuelve el estribillo y seguimos bailando.

Bienvenida al club

Al final la vecina cotilla sale bastante bien parada. Es curiosa, apasionada, se emociona con poco y no tiene miedo de admitir lo que quiere. Si alguna vez te has descubierto mirando más de la cuenta hacia el balcón de enfrente, ya sabes que no estás sola. El club tiene muchas socias y un único requisito: «Tengo un vecino que no veas cómo está».

Escribo todas mis letras yo mismo, sin IA, y dirijo mis videoclips. El de esta canción está en YouTube.

 
 
 

Comments


bottom of page